miércoles, 5 de marzo de 2014

Farsalonia, qué ciudad

Tengo una historia buenísima que contar. Es la hostia. Se llama "cómo un ayuntamiento persigue a un deporte y al mismo tiempo hace negocio con él", y es otra de las grandes vergüenzas de una ciudad llamada Farsalonia.

Farsalonia es una ciudad increíble, atractiva, llena de gente interesante y con una vasta cultura. También hay muchos deportistas. La gente hace mucho deporte porque hace ya muchos años hubo unas olimpiadas, hace un clima agradable todo el año, y a la gente le ha dado por cuidarse también desde hace un tiempo. El caso es que entre estos deportistas también hay muchos ciclistas, gente que sale con sus bicicletas de colores a recorrer calles, parques, y campo, que también hay mucho en Farsalonia aunque está a orillas del mar. Es una ciudad perfecta en muchos sentidos, la verdad. Si no fuera por quienes la gobiernan.

Resulta que en Farsalonia, como hay mucha gente que practica deporte y concretamente monta en bici, han decidido destacarlo, potenciarlo. Convertirlo en parte de la "marca" (eso que ahora llaman a todo) de la ciudad. ¡Ah! -dirán ustedes. Seguramente quieran potenciar el uso de la bici entre los ciudadanos, crear servicios e infraestructuras que armonicen la bici con otros vehículos y que impulsen el uso de la bici en lugar del coche... ¡Qué sabios y audaces son los gobernantes de Farsalonia!- ¡No, no! ¡Que no se trata de eso! ¿Cómo? -se preguntarán. ¿Pero si hay tanta gente que usa la bicicleta, los gobernantes tendrán que escuchar y atender sus peticiones e intentar ajustarse a las demandas de las personas, como hacen con otras políticas? -No, no... ¿pero tú en qué lugar crees que vives, inocente muchacho? ¡Esto es Farsalonia! ¡Ese lugar habitado por personas que se creían libres pero que están atrapadas por barrotes! Un lugar dirigido con mano de hierro por una casta de gobernantes y familias, todos ellos colegas del mismo gremio de los poderosos, que compadrean sin disimulo y hacen negocios.

Así que, en lugar de gobernar para los ciudadanos, estos gobernantes lo hacen para sí mismos. Y en lugar de potenciar el deporte entre sus súbditos, lo hacen, sí, pero haciendo negocio con ello: servicio de bicis mitad públicas mitad privadas; carriles bici de calidad ínfima; multas y sanciones por montar en bici en sierras y espacios de extraordinario valor no sólo para pasear, sino para hacer deporte; y lo último: eventos deportivos de máximo nivel. Así, mientras prohiben y multan el uso de la bici por el campo, al mismo tiempo se inventan una competición de deporte extremo carísima y fastuosa, un Las Vegas de los deportes extremos, y venden la imagen de que Farsalonia es una Ciudad Extrema, una ciudad Extreme-Friendly, amiga de los deportes extremos y alternativos. Siempre que sea pagando, claro. Nada de bicicletas por la montaña. Las bicicletas, en los recintos donde haya que pagar entrada por verlas. Pero siempre muy bike friendly todo, ¿eh?

Así funciona Farsalonia, la ciudad de la farsa y los canapés. ¡En buena hora cayeron las olimpiadas en esa ciudad, y cómo les abrieron los ojos a muchos, que desde entonces han hecho del deporte un negocio del que lucrarse, y no un bien público al que dedicar atención y legislar atendiendo a los usuarios! Pero en Farsalonia y en todo el reino al que pertenece, las cosas son así. Unos pocos compadrean, urden y tejen sus negocios, y a los demás que les den por culo.


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